lunes, 29 de agosto de 2011

CICLICO


Esa mañana, Adolfo Rauch, se despertó de excelente humor. No bien se hubo levantado tomó algunos mates y entonó una vieja canción en la cocina, procurando no despertar a su mujer y a su hija que dormían en paz. Era la vieja canción india que tanto le había cantado su madre.
Caminaba por la amplia cocina, luminosa y fresca y miraba cada cosa con cariño, más bien con nostalgia, porque todo estaba ahí por generaciones: la cocina a leña, el baúl de madera para guardar la leña, los aparadores de madera rústica, las pesadas sillas y mesa que ocupaban el centro de la habitación, las lámparas de hierro que habían sido modificadas para transformarlas en eléctricas, las cortinas de tela con las puntillas tejidas por la abuela ...
Si, el casco de la estancia se mantenía tal cual lo levantara su abuelo, el general Eusebio Rauch.
Pasó frente a la puerta de vidrio y su figura alta y delgada se reflejó en ella: la piel cobriza y el cabello negro de mamá y la contextura fuerte y los ojos verdes de papá, pensó, como tantas veces que se veía en el espejo.
En esa actitud lo encontró su hija, que apareció con su mata de pelo negro suelto y los pies descalzos con cara de sueño y le interrumpió la canción pidiéndole que terminara con esa vieja historia de pasados y recuerdos, que viviera el presente, que se preocupara por los que tenía alrededor. La historia de siempre: su hija adolescente que no valoraba sus raíces mestizas. Para ella nada significaba que él hubiera repetido la historia de su padre y se hubiera casado con una india.
Diez años habían pasado desde aquella época feliz donde las preocupaciones más graves de la familia eran los enfrentamientos por las cosas cotidianas y la educación de los niños.
Ahora la estancia vivía los días febriles de la preparación de la boda de su hija: todo el mundo estaba ocupado y apurado y él deambulaba en medio de ese caos de preparación de comidas, arreglos florales, pruebas de vestuarios, sin encontrar qué hacer.
Se instaló en un sillón hamaca en la sombra de la galería y pensó en la abuela: cuánto le costó aceptar el hecho consumado cuando su padre le anunció que se había casado con una india. ¡Cuántos esfuerzos hizo la pobre vieja para aceptarlo a él, su nieto morenito, e inculcarle las costumbres y el orgullo del abuelo Rauch!
La abuela se había hecho cargo de él desde un principio: toda su educación corrió por cuenta de ella, desde leer y escribir y el comportamiento en la mesa, hasta la administración de la estancia.
Su viaje al país de los recuerdos se trasladó a ese día de diciembre, dos años atrás, cuando Natacha apareció con ese auto deportivo rojo, el pelo al viento y el novio en el asiento de al lado.
¡Este sí que fue del agrado de la abuela: tan blanco él, tan rubio, tan verdes sus ojos, tan porteño él! Era tan grande el contraste entre los ojos y el pelo negros de Natacha y la blancura de Martín y sin embargo la abuela no tuvo reparos en decirle:
_ Tus hijos van a ser tan claritos, querida ...
_ ¡Nana! ¿Qué decís?
_ La verdad, mi hijita, tus hijos ya no serán mestizos, como tu padre.
_ ¡Vos y tus historias del pasado, Nana! ¿Es que siempre tienen que estar presente?
_ Pero si hasta tiene los ojos verdes, como los Rauch; ¡elegiste muy bien, mi hijita!
_¡Papá! ¡Papá! _ la voz de su hija lo volvió al presente.
_ ¡Ah...! ¡Al fin te encuentro, papá! Tenemos que ensayar la ceremonia. Sos el padrino y tenés que entregar a la novia. Quiero que todo sea perfecto, hasta el mínimo detalle ...
No escuchó el final de lo que decía su hija: la miraba y creía estar viendo a la abuela, la abuela cuando era joven, pero en versión morena.
Recordó aquella noche en que después de la cena, él, su esposa Ayelén, Natacha y la abuela se habían puesto a mirar fotos de la galería, contando anécdotas y cantando viejas canciones. Sonrió recordando las actitudes opuestas de la abuela que rescataba su genealogía de inmigrantes blancos, rubios y civilizados y la de Ayelén, orgullosa de sus antepasados mapuches y la riqueza de su cultura. Complementándose y respetándose habían logrado conformar su maravillosa familia.

EL BUEN CONSORCISTA ...


... saluda y trata amablemente a sus vecinos;
... enciende únicamente las luces comunes que necesita;
... no llama dos ascensores si solo usará uno;
... se preocupa por mantener limpios los lugares comunes;
... respeta los horarios de descanso de los demás;
... se mantiene paciente cuando necesita el ascensor y lo está usando un co-propietario;
... es cuidadoso en el manejo del ascensor;
... paga las expensas comunes en término;
... impide que los niños manejen los ascensores;
... cierra concientemente bien la puerta del edificio (su vivienda);
... no fuerza la puerta de entrada: utiliza su llave para abrir;
... no le abre la puerta de su vivienda a personas extrañas que pretenden ir a otro piso;
... se preocupa de los problemas inherentes al edificio.

jueves, 25 de agosto de 2011

COMUNICADO DE 5TO. GDO. COLEGIO SAN ANTONIO DE PADUA CON MOTIVO DE LA CELEBRACIÓN DEL DÍA DE LA BANDERA


Argentinos:
- AYER Manuel Belgrano renunciaba a su sueldo para donarlo en beneficio de causas patrióticas.
- HOY vemos que se investiga a nuestros funcionarios por cobro de coimas y sobresueldos.
- AYER Manuel Belgrano escribía sobre la ética y la moral para elevar el nivel cultural del pueblo.
- HOY el pueblo es bombardeado por los medios de comunicación con los programas "basura".
- AYER Manuel Belgrano fundaba ciudades.
- HOY se ha triplicado la cantidad de argentinos que se ven obligados a vivir en las villas miserias.
- AYER Manuel Belgrano se encomendaba a la Virgen ante situaciones importantes.
- HOY se quiere expulsar a Dios de la vida de los argentinos.
- AYER Manuel Belgrano ordenaba construir ciudades.
- HOY nuestros estudiantes deben tomar escuelas para peticionar el libre acceso a la educación y condiciones edilicias dignas.
- AYER Manuel Belgrano nos dejó su más grande legado: la bandera celeste y blanca.
Argentinos: no esperemos que juegue la selección nacional para mostrar la bandera.
¡Colguémosla en nuestras casas, respetémosla con nuestras vidas y hagámosla flamear en nuestros corazones!

miércoles, 24 de agosto de 2011

ATARDECER DE VERANO


Allá arriba, el azul profundo se alarga. ¿Dónde termina el azul y comienza el verde rumoroso de olas ondulantes y perezosas?
La arena va perdiendo su dorada tibieza. Una agria humedad parece escapársele ahuyentando a los ociosos que se demoran para absorver hasta el último beso amarillo.
Cuando la bola de fuego se ahoga y ensucia con su rojo las aguas y salpica el aire con manchas rosas y violetas, la playa es como un niño cansado que se echó a dormir.
Me incorporo, la saludo con la mirada, me sacudo los granitos somnolientos que quieren seguirme, y sin hacer ruido, para no despertarla, me voy.

PUERTO


Una bruma serena lo invade todo: cielo, aire y tierra.
Las boyas se hamacan lentamente en medio del agua turbia del río que corre.
Enormes cajas, de todos los tamaños, se agrupan a los pies de las grúas, de los transportadores, de tantas máquinas...
Esperan pacientemente que las carguen a los barcos que aún duermen en el muelle, con los ojos cerrados y sus chimeneas apagadas.
Un perro pasa olfateando la calle húmeda, empedrada, pegagosa.

HACIA EL PARQUE

Vestía una amplia pollera estampada de vivos amarillos y naranjas y una chaqueta blanca y llevaba colgado del hombro un bolso blanco que hacía juego con sus zapatos de tacones bajos.
Sostenía de la mano a una niña a la que sonreía y hablaba con dulzura, mientras la conducía a los juegos y le regalaba un globo multicolor.
Al andar, sacudía con su mano pequeña la larga cabellera oscura, rizada y brillante.
En su sencillez, llamaba la atención de los transeúntes con que se cruzaba.

MIRANDO VIDRIERAS


Caminaba por la vereda lentamente, deteniéndose con curiosidad ante cada vidriera donde se exponían cañas de pescar, botas, elementos de lluvia o campamentiles.
Entrecerraba sus ojos grises y fruncía el ceño uniendo sus espesas cejas y se tocaba la barba oscura mientras observaba todo.
Vestía un equipo de gimnasia azul con dibujos rojos y amarillos y zapatillas deportivas.
Mentalmente iba registrando los lugares donde volvería para adquirir aquellos elementos que necesitaba para el fin de semana de grandes aventuras que tenía programado.