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Lida tiene una rutina precisa que cumple a rajatable. De lunes a viernes, unos minutos antes de las ocho, aparece en la puerta de su casita con el delantal y los ruleros puestos, el plumero en una mano y la escoba en otra.
Sacudir el polvo de la única ventana y barrer los ocho metros de vereda, suele llevarle una hora. Es que es interrumpida por todos los que pasan a esa hora (casi todo el mundo rumbo a su trabajo). Para Lida es una obligación casi religiosa interiorizarse de las novedades de cada uno. Los que, en algún momento, intentaron la vereda de enfrente, para evitarla, terminaron desistiendo, porque era peor tener que contestar a los gritos desde la distancia.
El segundo movimiento del día de Lida es, ya quitados el delantal y los ruleros, salir por el barrio a hacer las compras. Su recorrido no se extiende más allá de dos o tres cuadras, para llegar hasta la panadería, verdulería y despensa. Este trámite es más largo, porque incluye más personas que sufren su artero y mortífero interrogatorios.
Las primeras horas de la tarde encuentran a Lida instalada frente al televisor, pendiente de las novelas románticas que la acompañan desde su adolescencia. Pero a media tarde, todo cambia: comienzan a llegar "las chicas", como ella las llama. Son todas señoras que ya superaron el tiempo del trabajo redituable y se reunen para confeccionar, remodelar o transformar juguetes con materiales reciclables: papeles, cartones, telas, tapitas, botones y cuanto material posible recoge entre familiares, amigos y especialmente entre sus queridos vecinos.
Entre mates, bizcochitos u otras delicias caseras y bajo la supervisión de Lida, de sus manos habilidosas surgen toda clase de muñecos y animalitos que luego se van apilando en cajas que una vez al mes parten hacia guarderías, jardines o centros asistenciales.
Terminan cada jornada con una oración para los desconocidos destinatarios.
CUENTO - 5-09-13
Siempre me jacté por la rapidez para contestar, especialmente ante ataques, críticas o enfrentamientos. Era la "tanada" que habita en mi interior que me defendía de las agresiones.
Esa tórrida mañana de febrero, enfundada en el guardapolvo celeste, que me sofocaba, caminaba por la calle Moreno, rumbo a la escuela, arrastrando el portafolio cargado de carpetas, fotocopias, folletos, libros, útiles escolares y el mal humor de tener que pasar la mañana planificando proyectos, programas y actividades que después las urgencias y la realidad convertían en utópicas y se iban demorando, aplazando y restringiendo a lo largo del año, cuando el calor insoportable y el húmedo viento norte gritaban que el lugar ideal era la pileta, que seguía su temporada a pleno pero que yo había tenido que interrumpir por las directivas del ministerio que "bajaba" sugerencias enriquecedoras.
Me faltaban dos cuadras aún cuando pasó a mi lado una camioneta roja y su conductor me saludó
extremadamente amable.
¡Viejo verde! ¡Hijo de puta! ¡Pelodudo de mierda! ¡A esta hora de la mañana ya estás mirando mujeres! ¡Andá a laburar!
El rosario de improperios estalló en mi cerebro como un latigazo pero por alguna extraña razón, aunque abrí la boca ninguna se materializó en palabras. Quizás el calor me había secado la lengua y se me había pegado al paladar.
Con ese acontecimiento extra que aumentó aún más mi malhumor llegué a la escuela. La vorágine escolar me absorvió.
El primer lunes de marzo estaba en la puerta de la escuela, enfundada en el guardapolvo celeste, producida para la ocasión del primer día de clase, recibiendo a mis alumnos, cuando vi la camioneta roja detenerse exactamente delante de mí y al mismo conductor saludarme de nuevo ceremoniosamente y despedir con un beso a un niño que se bajó del vehículo y corrió hacia mí, a saludarme y recibir mi beso de bienvenida al nuevo año escolar. ¡Era el padre de uno de mis alumnitos! ¡Uno de los pocos padres que aún conocen y saludan a la maestra de su hijo! Los colores se me subieron a la cara, al recordar lo mal que interpreté su saludo la vez anterior, pero nadie se dio cuenta porque el sol de la una de la tarde nos había dejado sus dedos marcados a todos.
Ese día me propuse contar hasta tres antes de contestar, sea lo que fuere que me dijeran y de a poco, con esfuerzo, perseverancia y control, lo fui logrando.
Aunque todavía hoy, a veces la "tanada" me gana la partida.
CUENTO - 20-08-13
Recreación literaria basada en un hecho real.
Prosopagnosia es una enfermedad (muy poco conocida) que impide recordar rostros y nombres de personas conocidas.
Pacífico alzó la cabeza airosamente y por un momento se mantuvo inmóvil. Luego avanzó un paso, dos, tres. Lamió con pereza la arena, se estremeció con su calor, saboreó su aspereza y se retiró con la misma lentitud con que había avanzado dejando capas de crines saladas a cada paso. Se replegó en sí mismo antes de tomar impulso para reiniciar la marcha, pero un diente dorado que se abrió entre los nubarrones disparó su saeta y le dio de pleno en el rostro, dejándolo nuevamente inmóvil.
Recibió con regocijo esa luz que venía de lo alto y se dispuso a dejarse llevar, disfrutándola. Pero no pudo: su fuerza interior se impuso y volvió a emprender su marcha de uno, dos, tres pasos.
PROSA - 16-07-13
Incertidumbre entre asomarse,
mostrarse,
aparecer,
o seguir refugiado en la oscuridad.
No había otras opciones.
Era una u otra.
Un muro de silencio.
Túnel sin fin.
Escabullirse por los pasillos,
cerrar de puertas sigilosos
y alcanzar la calle.
O colgarse una sonrisa.
Alzar la cabeza
y dar dos pasos al frente
en el escenario
y recibir el aplauso estruendoso.
O el abucheo.
POEMA - 10-07-13
Era tan mínusculo,
indescriptible,
imperceptible,
que sólo una mirada Perfecta
podría descubrirlo
en la negrura de la nada.
Insignificante.
Y, sin embargo,
completo.
Su interior latía con estruendo.
El fuego lo devoraba.
Se recogió en sí mismo.
Esfuerzo. Concentración.
Hasta que la fuerza interior
lo superó.
Y estalló en billones
de partículas.
POEMA - 19-06-13
Había llovido hacía unos días y la tierra aún conservaba cierta humedad. Al menos por la mañana, cuando el sol todavía no apretaba.
Caminaba sin sentido determinado, cuando le llamó la atención que en un ramillete de hongos, uno de ellos, el más grande todos, tenía el techo rojo y unos lunares amarillos que ocupaban grandes espacios.
Se inclinó a observar esa extrañeza y su sorpresa fue en aumento al descubrir que en su base tenía una puertita verde oscuro que se abrió intespectivamente y comenzaron a salir aquellos hombrecitos de ropajes llamativos: ajustadas calzas grises, enormes zapatones, camisolas de colores violentos, sus cabezas enfundadas en gorros tejidos, orejeras, con viceras o puntiagudos. Todos llevaban algún elemento de labranza al hombro y cantaban (una manera de decir) una canción en un idioma que no alcanzó a identificar.
Conteniendo la respiración y moviéndose levemente, dio unos pasos detrás de ellos, evitando cuidadosamente de no pisarlos.
Ellos en ningún momento percibieron su presencia (o si la advirtieron LA ignoraron) y pronto se perdieron dentro del almácigo de acelga.
CUENTO - 5-06-13
El camino de tierra está seco, pero húmedo. Despacio, porque este autito pequeño "coletea". Total es temprano. ¿Habré traido la llave del portón?. Si. Si siempre la tengo en el bolsillo del bolso. ¡Cómo me equivoqué con este bolso!, está lleno de compartimientos y bolsillos, pero no entra nada.
¡Qué día radiante! Luminoso. Casi enceguecedor. El caminito está verde, señal que aún no empezaron las heladas. No importa si estaciono en el sol, total después baja la temperatura.
Bueno, ¡manos a la obra! ¿empiezo por el desyerbado? Ahí están las calandrias, haciéndome vuelo rasante, como siempre. ¿Qué se creen? ¿qué les voy a tocar el nido? A esta altura tendrían que haber aprendido que yo trabajo la tierra y ustedes están en el ceibo rojo-fuego-sangre. ¡Qué árbol generoso!: mitad de sus ramas secas, retorcidas, mutiladas por el cable de alta tensión y la otra mitad, doblada hacia el oeste, pleno de vida, hojas y flores. En el patio de la escuela había un ceibo centenario al lado del mástil y sus flores nos goteaban pétalos cuando formábamos para izar la bandera y la directora nos hablaba a los gritos "pelados", repitiéndonos siempre las mismas consignas. Claro, en aquella época las escuelas no tenían micrófono. En cambio yo ¡qué manera de usarlo! lo tenía encarnado en la mano. En la mano y en la voz. Y los chicos escuchaban. Hacían silencio y escuchaban. Ahora los pibes no escuchan nada. Nada y a nadie.
¿Seguirá viviendo ese ceibo? Tendría que pasar un día por la esquina de la escuela para echar una miradita y verlo de nuevo. Tengo que acordarme, porque después siempre se me hace de noche y salgo "a los piques".
Las calandrias siguen alborotando con sus gritos ¿por qué no se van a competir con el bochinche de los loros? Loros y cotorras. ¡Insoportables! No paran nunca. No termino de imaginarme cuántas cosas tienen para contarse que no sea el chismerío diario de cuánto alimento consiguieron, los nacimientos y las nuevas parejas. Bueno, no se diferencian demasiado de los humanos, entre ellos y aquellos, casi que prefieron este cotorrerío y el vuelo rasante de las calandrias.
PROSA 29-05-13