¡Qué día radiante! Luminoso. Casi enceguecedor. El caminito está verde, señal que aún no empezaron las heladas. No importa si estaciono en el sol, total después baja la temperatura.
Bueno, ¡manos a la obra! ¿empiezo por el desyerbado? Ahí están las calandrias, haciéndome vuelo rasante, como siempre. ¿Qué se creen? ¿qué les voy a tocar el nido? A esta altura tendrían que haber aprendido que yo trabajo la tierra y ustedes están en el ceibo rojo-fuego-sangre. ¡Qué árbol generoso!: mitad de sus ramas secas, retorcidas, mutiladas por el cable de alta tensión y la otra mitad, doblada hacia el oeste, pleno de vida, hojas y flores. En el patio de la escuela había un ceibo centenario al lado del mástil y sus flores nos goteaban pétalos cuando formábamos para izar la bandera y la directora nos hablaba a los gritos "pelados", repitiéndonos siempre las mismas consignas. Claro, en aquella época las escuelas no tenían micrófono. En cambio yo ¡qué manera de usarlo! lo tenía encarnado en la mano. En la mano y en la voz. Y los chicos escuchaban. Hacían silencio y escuchaban. Ahora los pibes no escuchan nada. Nada y a nadie.
¿Seguirá viviendo ese ceibo? Tendría que pasar un día por la esquina de la escuela para echar una miradita y verlo de nuevo. Tengo que acordarme, porque después siempre se me hace de noche y salgo "a los piques".Las calandrias siguen alborotando con sus gritos ¿por qué no se van a competir con el bochinche de los loros? Loros y cotorras. ¡Insoportables! No paran nunca. No termino de imaginarme cuántas cosas tienen para contarse que no sea el chismerío diario de cuánto alimento consiguieron, los nacimientos y las nuevas parejas. Bueno, no se diferencian demasiado de los humanos, entre ellos y aquellos, casi que prefieron este cotorrerío y el vuelo rasante de las calandrias.
PROSA 29-05-13
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