miércoles, 24 de agosto de 2011

ADOLESCENTE


Alto, delgado y elegante entró al bar caminando lentamente.
Llevaba una chaqueta de cuero marrón claro y unos ceñidos pantalones negros, con botas criollas del mismo color que el abrigo.
Apartó una silla y se sentó aparatosamente, estirando sus largas piertas.
Puso el celular y las llaves de la moto sobre la mesa.
Se acomodó con cuidado el largo cabello oscuro y lacio.
Clavó la mirada renegrida en el televisor. Y se aisló.

TINTORERO


Está siempre serio. pero es amable y servicial.
Utiliza las palabras justas, casi diría que se conforma con monosílabos.
A todos nos conoce. Su memoria es prodigiosa. No es necesario presentarle la numeración de la prenda que vamos a retirar, él sabe exactamente en la percha en que está colgada.
Viste siempre ropas sueltas y livianas. ¡También! Su local es hermoso en invierno ¡Se está tan bien ahí con el calorcito de las máquinas de limpieza y planchado! ¡Pero en verano! solamente con su serenidad oriental puede trabajar en esa caldera con la misma eficacia y sin quejarse.
Físicamente es menudo, bajo, casi diría frágil. Pero Dios ha compensado eso brindándole una inmensa sabiduría que él pone al servicio de los demás.
Y por eso, no hay quien lo conozca, que no comience a estimarlo inmediatamente.
Además, y confidencialmente, ¿qué sería de nuestras mamás sin su colaboración para quitar las manchas que nosotros, diablillos terribles, nos empeñamos afanosamente en colocar en nuestras prendas?

lunes, 22 de agosto de 2011

MARINERO


Apareció de improviso ante nuestros ojos el mocetón alto y corpulento.
Con un saludo que más se pareció a un gruñido, se sentó en la silla desocupada y se mesó despreocupadamente los cabellos rubios y ensortijados.
Sus traslúcidos ojos, que parece se amalgamaron con el azul del mar que tanto recorre, nos estudiaron detenidamente. Y dos chispitas alegres empezaron a brillar en ellos.
El rostro salpicado de pecas comenzó a distenderse hasta estallar en una burbujeante carcajada.
La piel tomó un tinte más rosado aún. Y con grandes gestos de sus brazos musculosos y velludos comenzó a contarnos las peripecias de su último viaje, intercalando palabras extranjeras en su relato apasionado.
Su aspecto imponente y su voz de trueno contrastaban con la sencilla indumentaria que llevaba: una remera azul y un jean desgastado y desflecado.
Pronto atrajo la atención de todos.

EL PLACERO


Lleva una bufanda a cuadros enrollada en el cuello y unos zapatones gastados y descoloridos. Faltos de betún y de cuero, también.
Por debajo de su gorra asoman mechones grisáceos de cabellos que en un tiempo fueron rubios como sus anchos bigotes.
Es alto, fuerte y todavía erguido. De anchas espaldas.
Los años pasaron sobre él y dejaron su marca, con las profundas arrugas que cruzan sus mejillas y su frente.
Las manos, de dedos largos y nudosos, suelen detenerse a acariciar alguna cabecita morena que se pone a su alcance, cuando le piden que les alcance la pelota.
Esas mismas manos que, paciente pero metódicamente, barren las veredas de la plaza con una enorme hoja de palmera o trasplanta sabiamente retoños en los canteros y, a veces, vuelve a colocar, con inmensa ternura, algún nido de pajarillos que el viento tempentuoso ha tirado al suelo.
Al atardecer se aleja tarareando una vieja melodía de su patria natal y lejana.

DIÁLOGO CONMIGO MISMO


Me miro y no me reconozco. ¿Ese que está en el espejo soy yo? Me siento extraño con el cabello lacio y recién peinado. Me gusta más verme semicalvo y con algunos pelos de lana colorada, muy erizados, sobre las orejas.
Además, mirándome así, de perfil, a esta nariz recta le falta un botón colorado en la punta para ser graciosa.
¡Y los ojos! ¡Qué cansados están! Además, su color avellana ha perdido brillo. Quizás se deba a que me he quitado la máscara blanca y ahora se notan las ojeras.
¡Y qué decir de la boca! A ver hombre, sonríe. Un poco más... Es inútil, nunca la sonrisa será tan fácil y tan fresca si no me pinto unos labios rojos y grandotes en forma de corazón.
¿Y este traje? ¿Voy a animarme a salir a la calle así, sobriamente gris? Casi que me pondría nuevamente el saco a cuadros, los pantalones rayados y los enormes zapatones blancos que tanto hacen reír a los niños.
¡Ah...! ¡Los niños! Es eso. Soy tan feliz con sus risas, sus gritos de júbilo, su concentrada atención en todos mis exagerados gestos que ahora, así vestido, formalmente vestido, no me encuentro a gusto porque me falta su alegría.
Pero hoy es 9 de julio. Fiesta patria. Y no puedo ir al desfile festivo de payaso. ¿O si?

OSCAR, EL MECÁNICO


Acompañé a papá al taller. Me quedé maravillado con Oscar, el mecánico. Es bajo de estatura, pero fuerte, de grandes músculos, que parecen apretados dentro del mameluco azul. Bueno, azul era cuando se lo puso, porque ahora es un gran muestrario de grasa, aceite y lubricantes.
Tiene nariz corta y ancha y lleva el cabello castaño hacia atrás muy corto.
Con sus grandes manos arma y desarma motores, descubre defectos, arregla circuitos y siempre habla. Habla sin parar. Todo es tema de conversación para él: sus tres niños pequeñitos, su esposa, los vecinos, sus clientes y los motores... Esa es su debilidad: hablar de motores.
Cuando lo hace, su cara redonda y franca, se transforma: parece más agradable; gesticula con grandes gestos, esgrimiendo la herramienta que tiene en la mano. Y se ríe. ¡Cómo se ríe! Termina todas sus frases con grandes carcajadas que le llenan la cara de hoyuelos y muestra su blanca dentadura de dientes anchos.
Su gran sueño es llegar un día a trabajar en una escudería, porque las carreras de automóviles le apasionan. Cuando le contaba esto a papá, noté que sus cálidos ojos se encendían de entusiasmo y era tan contagioso su optimismo, que por un momento creí que estábamos en un circuito de Fórmula 1.

domingo, 3 de febrero de 2008

PRIMER - MUNDO - TERCER



Estuve leyendo un artículo muy interesante sobre las características de los alemanes (que coincide plenamente con lo que he oído contar a personas que han visitado o vivido en Alemania).


Ellos son muy formales en las relaciones interpersonales, en particular ante personas de prestigio o de edad, las bromas groseras y el lenguaje desbocado son totalmente reprobados. El "tú" es usado sólo entre los amigos íntimos y es la persona de mayor edad y la más importante la que debe tomar la iniciativa de tutear.


En el trabajo los hombres usan saco y corbata y las mujeres tailleur o pantalones.


Aman la precisión en las cifras, en los horarios, la disciplina y la obediencia a las leyes. Y no tiran basuras en la calle.


A nosotros, los argentinos, todo esto nos puede parecer formal, aburrido, perimido, superado. Nosotros somos expresivos, liberados, desectructurados. Nosotros tuteamos a todo el mundo (el "usted" ha desaparecido de nuestro vocabulario): desde el niño en la escuela para dirigirse al portero, a la maestra o la directora hasta la empleada bancaria que acaba de terminar el secundario, para dirigirse a un cliente, señor mayor.


Nosotros hemos reemplazado el riquísimo vocabulario castellano por el "re". Y las groserías nos caracterizan desde la conversación familiar a la TV (corren los e-mail con las caracterísicas propias del hablar argentino festejando su reducción a la mínima expresión: "culo", "mierda", "boludo")


Nosotros nos hemos liberado hasta el extremo que la indumentaria propia de la playa o pileta (ojotas, bermudas, musculosas) las usamos para pasear por el centro un domingo a la tarde, lo mismo que para ir al supermercado ¡y hasta para entrar a la iglesia!


Jamás nuestras reuniones comienzan a la hora señalada. Estamos en 1º lugar en cuanto a los accidentes de tránsito, porque ¿ quién va a respetar sus leyes?


Nosotros tiramos todo en el suelo: en la calle, el club, la escuela, etc; escribimos las paredes, las columnas, ¡y hasta las piedras de las sierras donde vamos de vacaciones!


Y la lista podría continuar por varias páginas.....


Ahora bien. Los trenes alemanes funcionan a la perfección. No tienen problemas con la energía, el agua, el gas, las comunicaciones.....


En fin, la precisión y el formalismo se dan también en todos los servicio y ámbitos, y tienen una calidad de vida que nosotros ni nos podemos imaginar.


Porque nuestra informalidad la vemos a diario con los cortes de energía, la falta de agua, de gas, la basura amontonada en nuestros ámbitos públicos, en los trenes que no funcionan (donde hay trenes, claro), los aviones no despegan, los piquetes, los reclamos diarios de "tal o cual", la lucha permanente por conseguir justicia, un pequeño beneficio, las escuelas que no están en condiciones de albergar alumnos, los "niños cartoneros" ¿continúo con la lista?. Los argentinos las "sufrimos" a diairo.


No es que yo ame o admire a los alemanes (hablo de actitudes como sociedad), solamente saco como conclusión que ellos, los formales alemanes, viven en el primer mundo.


Nosostros, los liberados argentinos, en el tercer mundo.